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viernes, 31 de agosto de 2018

Escritores erráticos: Colaboración 4







¡Hola a todos!

En la cuarta entrega de la iniciativa "Escritores erráticos" (bases aquí), les traigo un texto distinto a lo que hemos publicado en las colaboraciones anteriores. Se trata de una relato de la historia de Anne Sullivan, maestra de Hellen Keller, escrito por Klaus Schwarzloch, a quien le agradezco su participación.

Me pareció muy interesante, y por esa razón decidí que sea la publicación de esta semana.

Sin más que decirles, ¡espero que lo disfruten!




Haciendo memoria

Dicen que la memoria es frágil. O se va poniendo frágil con los años. Es como cualquier órgano del cuerpo humano, si no se usa, se atrofia. Vivimos en un mundo, ya sea por decrépito, por descuidado, por pereza o simplemente por desinterés, que se perfila como bastante desmemoriado.

Desde este rincón llamado Chile, en el fin del mundo, tan lejos de los centros culturales, donde la cordillera se alza como un coloso nevado, que corre paralelo a un mar infinito, quiero rendir un homenaje, aunque no sean muchos los que lo lean, a una mujer extraordinaria: Anne Sullivan. La que hizo de su vida una causa: La de dar vida. Aunque no parió hijos, si parió un universo sensualista para otra destacada mujer: Helen Keller y que para ser justo tengo que decir, que gracias a una Helen Keller hubo una Anne Sullivan y gracias a una Anne Sullivan hubo una Helen Keller.

¿Quién fue Anne Sullivan y que legado nos dejó?

Nació un 14 de abril de 1866 en un sector para inmigrantes irlandeses que huían del Holocausto irlandés en la década de 1840, que arrasó con los cultivos de patatas en toda Europa. Este sector se ubica en la ciudad de Agawam del condado de Hampden del estado de Massachusetts, Estados Unidos. Su niñez estuvo plagada de pobrezas y fatalidades. Pero eso la hizo fuerte.

A los ocho años perdió a su madre. Se la llevo la tuberculosis. Esto significó un descalabro para la familia: Dos de sus hermanos, María y Jimmie, fueron enviados a vivir con otros parientes. Anne tuvo que cuidar de su padre. Posteriormente Jimmie murió de tuberculosis a la cadera en un asilo para niños pobres, donde fueron enviados los tres pequeños cuando sus parientes no los pudieron mantener más. No es de extrañar entonces que Anne, viviendo o mejor dicho sobreviviendo en una Norteamérica desangrada por la guerra civil, enfermara gravemente de la vista. ¿La culpable? Una bacteria llamada Chlamydia Tracomatosa que casi la deja ciega. A los 14 años de edad ingresó a la Escuela para ciegos de Perkins en Boston, Massachusetts. Allí aprendió a leer en Braille. 

La vida nunca cierra todas las puertas. Para Anne había esperanza. Después de varias operaciones recuperó su capacidad de ver. No cien por ciento, pero no le impidió que fuera una alumna brillante. Con casi 20 años de edad ella determinó, tomando como base su propia experiencia, ayudar a otros niños ciegos. En un tiempo que poco y nada se hacía por los seres minusválidos.

Pronto conocería a otro ser a quien el destino o el azar a los 19 meses de edad le negó dos sentidos: el de la visión y el de la audición: Helen Keller. Los primeros siete años de vida de Helen fuero caóticos para su familia. Creyendo que le hacían un bien y por la dificultad de comunicarse, dejaron que la niña hiciera lo que quisiera. Fue Alexander Graham Bell, inventor del teléfono, quien recomendó a Arthur Keller, padre de Helen, dirigirse al Instituto Perkins de Boston. Estos enviaron a Anne Sullivan en 1887 para que se convirtiera en instructora de Helen. Labor, un apostolado, que realizó por casi cincuenta años. Al principio todo fue muy difícil. ¿Cómo hacer comprender a una niña ciega y sorda la relación entre las palabras y los objetos? Y después ¿Cómo enseñarle a relacionar estos con verbos, adjetivos, etcétera para formar frases?

Anne Sullivan con gran esfuerzo empezó por aislarse con Helen de la presencia de su familia y de esta manera empezó a enseñarle el alfabeto manual, que consistía en dibujar en la palma de la mano de Helen las letras para formar palabras y frases. Fue el comienzo. La niña a los siete años de edad ya usaba 60 signos para comunicarse con su familia, comunicación que complementaba con gestos corporales como para manifestar sus estados de ánimo o si tenía hambre. El aprender a hablar era el paso siguiente. Para enseñarle la dicción, Sullivan ponía la mano de Helen en su garganta para que ella pudiera sentir las vibraciones creadas mientras que hablaba. Entonces Anne hacia que Helen tratara de formar estas mismas vibraciones. Este procedimiento se utilizó para enseñarle a Helen a hablar al entrar a la adolescencia. Su discurso, sin embargo, seguía siendo confuso. No fue hasta años después que, con la ayuda de la técnica de un profesor de voz y el apoyo de Anne, Helen pudo finalmente hablar claramente.

Y siempre su maestra estaba junto a ella. Hasta su muerte. En el 20 de octubre de 1936, a la edad de setenta, Sullivan murió en Forrest Hill, Nueva York, con Helen a su lado.

Existen variados libros e incluso películas sobre lo logrado por Helen Keller. Incluso en Chile existen escuelas e institutos con el nombre de esta prodigiosa mujer.

Pero la mayoría de las veces olvidamos o pasamos por alto a las personas que han estado detrás de los personajes, que por sus aportes han ocupado un lugar de excelencia en la historia.

¿Quién recuerda al muchachito que J.K. Rowling vio cuando viajaba en tren de Manchester hasta la estación de King's Cross de Londres y que le inspiró el personaje de Harry Potter? ¿Quién recuerda a John Schotz, tío de Estée Lauder, quien, en los años 20 la hizo entrar en contacto con los productos de belleza? ¿Agnes Bojaxhiu habría llegado a ser Teresa de Calcuta si no hubiese sido por el estímulo de su viuda madre Drane Bojaxhiu, que con su ejemplo la insto a abrazar a Cristo y ser lo que fue? Y para finalizar, porque la lista es interminable ¿Habría logrado Marya Sklodowski, más tarde Marie Curie, sola, descubrir el Radio, que salvo tantas vidas salvó, sin el apoyo de su amado esposo Pierre Curie?

Conozco pocos casos de tal devoción como el mostrado por Anne Sullivan. Sean estas pobres palabras un homenaje.

Autor Klaus Schwarzloch

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