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martes, 4 de diciembre de 2018

Iniciativa Escritores Autopublicados (4)

Estimados Lectores:

El día de hoy compartiré con ustedes un nuevo libro de la Iniciativa para dar visibilidad a los libros autopublicados de mi blog.

En esta ocasión, les comparto el primer capítulo de la novela de Gema Martín Muñoz, "Entre las nubes y las estrellas", primer libro de la saga "Between", un libro de Novela Juvenil.

Recuerden  que paras unirse a la iniciativa, lo único que tienen que hacer es enviar un correo con la información que vienen en las bases.

Sin más que decir, ¡léanlo y dénle una oportunidad a este libro!
Las vacaciones de verano llegan a su fin y Ari debe enfrentarse a un nuevo año de instituto, aquel lugar horrible donde sufre bullying con sólo respirar. Eso, sumado a su baja autoestima, los problemas referentes a su peso y la sensación de que su familia no la apoya, hará que poco a poco caiga en la bulimia. 

Por otro lado, Álvaro, después de haber estado durante seis meses encerrado en sí mismo, decide comenzar desde cero en otro sitio: nueva ciudad, nuevo instituto, nuevos amigos... Pero, sobre todo, nuevos sentimientos, porque no logrará quitarse de la cabeza a esa chica que le dio cinco euros mientras cantaba con su guitarra en la calle.   



 Gema Martín Muñoz nació el 25 de julio de 1995 en Almuñécar (Granada) y estudió el grado de psicología por la UNED. Le apasiona la lectura y escritura desde que tiene uso de razón y administra un blog donde publica reseñas literarias. En Julio de 2016 empezó a compartir sus historias en Wattpad, que tuvieron muy buena acogida entre los lectores. En octubre de 2018 decidió autopublicar en Amazon su novela Entre las nubes y las estrellas, que es la primera parte de una trilogía. Actualmente, continúa creando historias para seguir emocionando con sus palabras y no se imagina un futuro sin la escritura.

Redes sociales: 

-Correo electrónico: entrepaginasynovelas@gmail.com 

Capítulo 1 

Ari 




—Se te ha puesto la lengua azul.

—Es culpa del helado —replico terminándome mi tarrina, y le saco la lengua a mi amigo.

Paseando por Mallorca, nos hemos metido en la primera heladería que nos hemos encontrado para tomar un helado. Mi amigo se ha pedido un cucurucho con tres bolas de chocolate, y yo una tarrina grande de helado azul, que sabe a chicle y que lo llamo «pitufo». Recuerdo que, cuando era pequeña, mi padre me lo compraba siempre al recogerme del colegio, y era uno de mis sabores favoritos. Aunque todavía lo sigue siendo, mis gustos no han cambiado mucho con el paso de la infancia a la adolescencia.

—Me recuerdas a un perrito que tiene la lengua de ese color.

—¿Te refieres a un chow-chow? —le pregunto. Me encantan esos perros tan peludos. Cuando me independice, adoptaré uno si mi gata me da permiso.

Diego asiente, esbozando una sonrisa.

—Ahora vengo, que voy a pagar la cuenta —dice levantándose de un salto, y se encamina hacia la barra antes de que pueda detenerlo.

Maldito.

Me doy cuenta de que las dos tías sin cerebro que se han sentado en la mesa de enfrente empiezan a cuchichear entre ellas sin dejar de mirarme. Seguro que estarán preguntándose qué es lo que hace alguien como yo con un chico tan guapo como Diego.

Decido levantar la muralla anticriticonas unineuronales.

A ver, Diego y yo no somos novios ni nada, sólo buenos amigos. Él vive en Barcelona y yo en Málaga. Mi madre y la suya se conocen desde muy jóvenes, pero a él lo conocí el verano del año pasado, cuando mi madre me «obligó» a pasar las vacaciones con ellos y con mi familia. Este año ha ocurrido exactamente lo mismo, pero me alegro, porque he podido conocer más a fondo a Diego; además, he estado echándolo mucho de menos y sólo hablábamos por WhatsApp.

—¿Nos vamos? —Mi amigo acaba de regresar con esa sonrisa que hace que se le marque el hoyuelo de la barbilla. Parece mentira que sea tan simpático con todo el mundo, desprende demasiada energía cuando habla, como si estuviera hecho de electricidad. Yo creo que, si se propusiera a encender una bombilla con la mente, lo conseguiría.

Yo soy todo lo contrario a él. Carezco de simpatía, a veces tengo mal carácter y puedo ser la persona más arisca del mundo. Me siento incómoda cuando alguien demuestra algún tipo de afecto hacia mí. No creo en la reencarnación, pero si existiera, en mi vida anterior habría sido un gato huraño.

Por cierto, ¿no he mencionado que me gustan los gatos? Tengo una gata más antipática que yo, que siempre hace lo que le sale de sus partes íntimas y que me araña mis camisetas favoritas. Pero es el único ser que me entiende en este planeta, porque ni yo misma me entiendo. Me la encontré en una caja de cartón, al lado de un contenedor de basura y, según el veterinario, rondaría los tres meses. Mi madre convocó al diablo que vivía en su interior y se puso hecha una loca, diciendo que esa bola negra de pulgas nos iba a traer mala suerte y que la devolviera al lugar donde me la había encontrado. Pero por una vez en mi vida, no le hice caso.

—La próxima vez me toca pagar a mí —contesto, y me levanto de la silla de metal. Estoy segura de que se me habrán quedado las marcas en la parte trasera de los muslos.

—Eso ya lo discutiremos en su momento.

—Te amenazaré con mi carcaj invisible de Katniss Everdeen —digo haciendo como que le lanzo una flecha, imitando a la protagonista de Los Juegos del Hambre, mientras caminamos hacia el hotel.

—Y yo te haré cambiar de opinión con mi varita invisible de Harry Potter.

—Te tienes que mirar tu obsesión por esa saga —le respondo carcajeándome, para picarlo.

—Eso lo dices porque no te la has leído, pero ya me encargaré yo de que lo hagas.

Siempre está con lo mismo. Con la cantidad de libros que tengo pendientes de leer, Harry Potter va a tener que esperar mucho tiempo.

—Te veo después, Ari, que voy a aprovechar para llamar a Natty por Skype.

—Vale, nos vemos luego.

Natty es su novia. Llevan ocho meses juntos y están muy enamorados. Cuando hablan por teléfono y estoy yo delante, me da una sobredosis de azúcar de lo empalagosos que son. Yo paso de todo ese rollo de los novios, sólo sirven para perder el tiempo. Nunca me he interesado por ningún chico y mi madre me dice que son todos iguales. Además, tampoco me imagino a nadie fijándose en mí.

Entro en mi habitación y me pongo con el portátil. Me meto en Skype y veo a Sandra conectada, así que le mando una videollamada al instante.

—¡Ari! —me saluda, y yo diviso a Chris a su lado.

—¿Qué tal por allí? —quiere saber él.

—Genial, pero echándoos un poquito de menos —contesto. En realidad los estoy echando muchísimo de menos.

—Tu amiga te tiene que contar algo importante —me informa el cotilla de Chris, señalando con el dedo a Sandra.

—Dispara —digo mirando a Sandra, que toma aire, preparándose para soltar la bomba.

—Estoy saliendo con Hugo. —Se pone a dar palmaditas demasiado contenta.

Me quedo flipando. Veo que ha aprovechado el tiempo este verano. Le lleva tirando los trastos a ese chico desde el curso pasado y él siempre ha pasado de ella como si tuviera la peste.

—¿Desde cuándo? —quiero saber.

—Dos semanas —me responde mi amiga.

—Qué calladito te lo tenías, eh.

Chris se lleva un dedo a la sien derecha y hace el gesto de como si le faltara un tornillo a Sandra.

—Y tú, ¿qué? ¿Te has enamorado de alguno? —me pregunta la maruja de mi amiga.

—¿Tengo que contestar a esa pregunta? —Suspiro, poniendo los ojos en blanco.

—Secuestra uno para Chris —me pide; luego se detiene un momento y añade—: Mejor no, porque John no le quita el ojo de encima.

John va a nuestra clase y se junta con los graciosillos del instituto. Casi siempre lo pillamos mirándonos a los tres, sobre todo a Chris, pero siendo sincera, no tiene ni una pizca de gay porque ha estado con varias chicas del insti.

—John está atontado —interviene mi amigo—. Me mira para reírse de mí con sus coleguitas homófobos.

Alguien interrumpe la videollamada tocando la puerta de mi habitación. Debe de ser Diego.

—Chicos, os dejo, que me buscan —digo, y me despido de ellos con la mano. Cierro el portátil y corro a abrir la puerta.

—¿Te vienes a la piscina? —me pregunta Diego con una toalla colgada al hombro. Sólo lleva un bañador de caballitos de mar y las chanclas. No puedo evitar fijarme en que está mucho más moreno que hace un par de semanas.

—Vale, pero espera un momento.

Le cierro la puerta en las narices y me dirijo hacia el baño. Me quito la ropa que llevo puesta y me pongo el bikini. No sé para qué, si no lo pienso lucir. Me miro en el espejo de cuerpo entero y observo mi barriga de gorda, mis piernas de gorda y mi culo de gorda. Puto asco. Cuando regrese a Málaga, pienso apuntarme a un gimnasio y ponerme a dieta, pero de manera seria. Se acabó lo de parecer una vaca grasienta.

Me vuelvo a poner mi camiseta y mis shorts, y salgo del baño.

—Vamos —digo al volver a abrirle la puerta a Diego.

Al llegar a la piscina, no hay demasiada gente, cosa que me gusta. Odio las aglomeraciones, porque tengo la sensación de que todo el mundo está juzgándome con la mirada.

—Hoy tienes que meterte sí o sí —me presiona mi amigo.

—No.

—Desde que llegamos no te has bañado ni una vez, ni siquiera te has quitado la ropa.

Vaya, qué observador es. Se nota que es el empollón de su clase y tiene todas sus neuronas vivas.

—Sabes que no me gusta meterme.

—Ten mucho cuidado conmigo, que puede que algún día haga que te caigas accidentalmente al agua —me advierte en tono divertido.

—Ya, ya. —Sonrío, sabiendo que no será capaz de hacerme esa cabronada.

—Venga, báñate conmigo, que me aburro solo. ¿No te doy ninguna pena? —Hace pucheritos intentando convencerme, pero está haciendo el tonto y sabe a la perfección que no lo va a conseguir.

—No voy a ceder.

—Venga, venga, venga. —Empieza a darme con su dedo índice en el hombro, que es una de las cosas que me pone más nerviosa y lo sabe—. Venga, venga, venga.

—No, no, no. —Hago lo mismo que él, pero me tengo que poner de puntillas para llegar a su hombro.

—Me da igual, puedo estar así todo el día hasta que te convenza. —Sigue dándome con el dichoso dedito y yo pienso en si arrancárselo sería una buena idea.

Me cruzo de brazos y lo miro con cara de pocos amigos.

—Eres un pesado.

—¿A que te hago cosquillas?

—¿A que no te atreves? —le reto.

—¿A que sí?

Antes de que se acerque a mí, salgo a correr en dirección a algún sitio en el que pueda estar a salvo y Diego viene corriendo detrás de mí para intentar alcanzarme, como si fuéramos críos de preescolar.

—¡No te escapes! —grita, y siento las miradas de toda la gente sobre mí.

Miro hacia atrás y me doy cuenta de que a Diego le queda poco para alcanzarme. Mierda. Ya no tengo escapatoria. Es lo que tiene competir en una carrera con un tío que mide más de metro ochenta comparado con mi casi metro sesenta.

—Te pillé —dice agarrándome desde atrás.

Me doy la vuelta hacia él y decido rendirme.

—Está bien, tú ganas. Me bañaré contigo. ¿Contento?

Se frota las manos, satisfecho, y ahora es cuando de verdad sospecho que sus asquerosos zumos de verduras contienen alguna sustancia ilegal para que se comporte de esa forma.

—¡Pero qué acaramelados se os ve, niños! —exclama Blanca, la madre de Diego, que acaba de aparecer con la mía.

—Estás loca, mamá —le contesta su hijo, y yo me pongo del color del tomate.

—¿Para cuándo la boda? —interviene mi madre.

Ya se les ha ido la cabeza de beber tantos tintos de verano.

Diego y yo intercambiamos una mirada.

—Nos vamos a bañar, ¿verdad, Ari? —dice mi amigo intentando salir de esta situación; yo asiento y nos escapamos de esas dos chaladas—. ¿Para cuándo la boda? —se burla.

—Les falta un tornillo.

Imposible. No puedo ver a Diego de otra forma en la que no sea mi amigo.

En cuanto nos acercamos a la piscina, me quedo pensando en si quedarme en bikini o salir corriendo y fingir que me ha entrado un apretón.

—Vamos, Ari, antes de que se meta más gente —me presiona el pesado de mi amigo.

—Ahora.
Miro a mi alrededor y observo que todo el mundo está concentrado en lo suyo, así que me armo de valor, me quito los shorts y luego continúo con lo más difícil: la camiseta. Diego me mira. Sé lo que está pensando de mí: que estoy tan gorda que parezco un luchador de sumo. Lo piensan todos. Lo sé.

4 comentarios:

  1. Hola gracias por compartir este libro y el primer capitulo. Saludos.

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  2. ¡Hola!
    Me parece una iniciativa muy bonita, gracias por compartirlo.
    ¡Un besazo!

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  3. Hola :D
    Una iniciativa muy genial, a veces los autores necesitan ese empujoncito y seguro que encuentran lectores que se enamorarán de sus historias, gracias por compartir éste.

    Besos ♥

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    Respuestas
    1. Sí, justo ese es mi propósito!
      A los escritores autopublicados les cuesta más trabajo la promoción porque no tienen a nadie que les ayude con eso como los que publican con editorial.

      ¡Gracias por tu visita!

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